Tras varios días de transcripción aquí os dejo el primer capítulo.
Mi Irresistible Earl. Capítulo 1
Mi Irresistible Earl. Capítulo 1
1
Londres, doce años después
-Hay un hombre guapísimo que no deja de
mirarte- repuso Delilah entre dientes y con voz lánguida mientras las dos
jóvenes y elegantes viudas se encontraban sentados en medio del acaudalado
gentío reunido en las magnificas salas de subasta de Christie´s en Pall
Mall-.Mmm, está muy bien formado. Es rubio, con mirada ardiente. Atuendo
impecable. Vamos, echa un vistazo. Me lo quedare yo si no estás interesada.
-¡Chist! ¡Me estoy concentrando!
Mara, lady Pierson, ignoro los picaros
esfuerzos de su amiga por distraerla y continúo centrando su atención en el
subastador, que realizaba con elegancia la venta de la gran obra maestra de un
antiguo pintor desde su podio al fondo de la galería de alto techo.
-Setecientas cincuenta, ¿alguien ha dicho ochocientas
libras? Ochocientas cincuenta…
-No necesitas otro cuadro, querida- opino
Delilah-. Lo que de verdad necesitas es un amante, como ya te aconseje hace
mucho tiempo.
-Te aseguro que eso es lo último que
necesito.
-Mojigata.
Mara soltó un bufido, sin apenas prestarle
atención a su amiga cuando la puja subió de nuevo.
-¿Otro arrogante que venga a darme órdenes?
No, muchas gracias. Acabo de deshacerme de uno.
-Un amante, querida, es diferente de un
esposo.
-Bueno, tú lo sabes bien.
Delilah le propino un pequeño pellizco en el
braco por aquella ligera insolencia. Mara le lanzo una picara mirada de reojo,
y luego clavo los ojos de nuevo en el fondo de la estancia.
-No, querida mía, te aseguro que me las
arreglo muy bien sin un hombre. Tengo casi treinta años y acabo de encauzar mi
vida del modo que a mí me gusta. ¿Por qué debería darle la oportunidad de
arruinármela a algún hombre fogoso?
-Bueno, no te falta razón. Pero los hombres
fogosos tienen su utilidad, querida. Me atrevería a decir que aprenderás a disfrutar
de ellos con el tiempo.
-Lo dudo. No tengo talento para esas cosas;
pregúntale a mi esposo.- Miro a su mundana amiga con cinismo.
Delilah sonrió de manera comprensiva.
-Razón de más para que encuentres a un
hombre que sepa satisfacer de verdad a una mujer.
-¿Acaso existe tal criatura?- Murmuro Mara,
observando al subastador con atención.
-¡Desde luego! Podría dejarte a mi Cole…
pero, no. Entonces tendría que sacarte los ojos.
Mara rió suavemente.
-Descuida. Tu Cole está a salvo de mí. El
único hombre que me interesa en estos momentos tiene dos años.
-Puede que así sea, mamá osa, pero te
advierto que ahora que has dejado el periodo de luto te considerarán presa
fácil.
Mara se encogió de hombros, mirando con
inquietud a sus competidores por aquel cuadro en la sala de subastas.
-Quienquiera que lo intente solo perderá su
tiempo.
-¿He oído novecientas?
Mara levanto su paleta numerada una vez más
en tano que Delilah dejaba escapar n suspiro de hastío.
-¿Por qué vas a gastarte una fortuna en ese
deprimente y viejo retrato de la esposa de algún mercader alemán? Es horrenda y
tiene nariz bulbosa.
-El arte no es solo belleza, Delilah.
Además, el cuadro no es para mí.
Mara hizo una mueca ante el elevado precio
que anuncio el subastador.
-¡Mil libras!
-¿Para quién es, pues?- pregunto Delilah,
sorprendida.
Su amiga aguardó expectante; mara vaciló
antes de responder a su pregunta.
-¿Y bien?
-Es para Jorge- confeso al fin, con tono
grave, agitando de nuevo la paleta.
-¿Jorge?
-¿Alguien ha dicho mil cien?
Mara le lanzo una mirada significativa son
cautela, tratando de ser discreta. Su amiga abrió los ojos como platos.
-¡Oooh, ese Jorge! ¡Te refieres al príncipe
regente!- exclamó con voz entrecortada, dejando entrever su escandalizado
deleite-. ¡Oh, estás teniendo una aventura con Prinny! ¡Lo sabía! Pero, querida,
¡es tan rollizo! Aunque, claro, es el futuro rey. ¡Aguarda! ¿Está enamorado de
ti? Santo cielo, podrías conseguir diamantes tan grandes como tu puño…
-¡Delilah!
-¿Cómo es en la cama?- se echo a reír con
perverso regocijo-. ¡Oh, seguro que es terrible! Aunque no peor que otros
cabezas de Estado…imagino. ¿Y el rey Luis de Francia? También está rollizo y es
muy mayor. Al menos no es Napoleón, pobrecillo.- La elocuente carcajada de la
alegre viuda era pura picardía.
-¡Por el amor de Dios, no alces la voz!- la
reprendió Mara en un susurro, tratando de no echarse a reír ella también-.
Escúchame bien, mujer demente. No estoy teniendo una aventura con el regente.
Somos amigos. Amigos, ¿me explico?
-Mm-hum.
-Su Alteza Real es el padrino de mi hijo,
como bien sabes. ¡Eso es todo!
-Cuéntaselo a la alta sociedad, encanto.-
Delilah cruzo los brazos sobre su pecho y la estudio con conocimiento de
causa-. Con todas las visitas que haces a Carlton House, ha habido muchas especulaciones.
Mara suspiro. Lo sé, pensó con cansancio.
Qué mundo tan perverso. ¿Por qué la gente siempre daba por hecho lo peor?
-¡Mil cien! ¿He oído mil doscientas?- El
subastador escudriño la amplia estancia-. ¿Mil ciento cincuenta?
Con la palea en alto, Mara se mordió el
labio mientras echaba otro vistazo a su alrededor.
-Creo que acabo de comprar…
-¡Vendido! A la encantadora dama de ahí.-
Tras inclinar la cabeza a Mara, golpeo con la maza.
-Bueno, bravo por mí.- Cuando Mara se volvió
para sonreír a Delilah, su amiga la miraba presa de la curiosidad-. ¿Qué?
-¿Mil cien libras? Querida, acabo de
redecorar mi casa de la playa en Brighton por esa suma. Por qué habrías de
gastar semejante fortuna en el regente si no fuera porque es tu cher ami, ¿hum?
-Porque-
respondió con un tono sumamente razonable- Gerrit Dou es su último capricho
como coleccionista. Y…- Mara se detuvo,
sin estar segura de cuánto le estaba permitido desvelar.
-¿Y
qué?- Delilah se acercó más a ella.
-Y…
resulta que poseo cierta información de que está a punto de anunciarse un feliz
acontecimiento real. ¿Entiendes ahora lo lista que soy?- bromeó.- Yo ya habré
elegido mi regalo mientras el resto os pelearéis cuando llegue el gran anuncio.
-¿Qué
gran anuncio?- la urgio Delilah, tirándole del brazo-. ¿Van a anunciar por fin
su divorcio? Porque, piénsalo, entonces podrías…
-¡No!
Lo siento, mis labios están sellados.- Mara rió entre dientes ante el
implorante enojo de su amiga.
-No
vas a contármelo, ¿verdad?- exclamó con aire dolido.
-No
puedo, cielo. Me encerrarían en la Torre.
-Cierto.
-Querida,
no me atrevo. No soy quien para contar la noticia, entiéndelo. Pero muy pronto
lo sabras. Debería hacerse público dentro de quince días.
-Eres
perversa.
-¡Mira
quién habla! Bueno, ¿Dónde está ese guapísimo hombre del que estabas hablando?
¿Cómo lo has descrito… impecable y ardiente? Me gusta cómo suena eso.
-Pensaba
que no querías un hombre.
-Bueno,
no me importa mirar.
Mara
siguió a Delilah con los ojos mientras esta echaba un vistazo a su alrededor.
-Oh,
ya se ha marchado. Ya no lo veo. - Entonces Delilah hizo un pequeño mohín-. En
serio, me lo contarías si estuvieras compartiendo lecho con el regente,
¿verdad?
-¿Con
lo que te gusta cotillear? Por supuesto que no- respondió Mara de manera
gentil.
-Pero,
querida, ¡por eso me quieres tanto!
-Cierto.
En cualquier caso, no hay nada que contar. Su alteza Real es el padrino de mi
hijo y mi amigo.
-Tu
amigo.
-¡Naturalmente!
Ha sido muy galante con Thomas y conmigo desde que falleció mi esposo.
-Me
pregunto por qué- respondió con sequedad Delilah.
-Bueno,
ya saber que está casado- apunto Mara, encogiéndose de hombros de modo evasivo.
Delilah
profirió un bufido.
-¿Y
qué quieres decir con eso?
-Vamos,
todo el mundo sabe que el príncipe siempre ha preferido a las mujeres de más
edad. Es amable conmigo, eso es todo.- Y estoy en deuda con él por algo que no
puedes entender, se dijo para sus adentros-. ¿Qué más puedo decir? Le tengo
verdadero aprecio.
-Bueno,
eso es muy tierno, querida. Pero puede que seas la única persona que se lo
tiene en toda Inglaterra.
-Me
resulta indiferente lo que todos digan de él. Adoro a Prinny. Tiene alma de
artista.
-Justo
lo que el país necesita. ¿Podemos marcharnos ya?- se quejo Delilah-. Hace un
calor sofocante aquí dentro y huele como el desván de mi abuela.
-Me
parece bien. He conseguido lo que he venido a buscar. Y estoy deseando volver a
casa junto a Thomas. Ayer me despertó con un estornudo. Me tiene bastante
preocupada.
-¡Qué
horror!
¡Un estornudo! ¿A cuántos médicos has hecho ir
a casa en las últimas veinticuatro horas para que atiendan a nuestro pequeño
vizconde?
-Delilah
Staunton, no sabes nada de niños.
-Sé lo
suficiente como para mantenerme alejada de ellos, ¿no es así?- replicó, con
ojos centelleantes.
En
respuesta, Mara la miró con severidad, haciendo que Delilah riera
alegremente.-Vamos, yo enviare a buscar nuestros carruajes si deseas ir a
saldar la cuenta de tu cuadro y ocuparte de las disposiciones para su entrega.
Mara
asintió; acto seguido las dos se levantaron de sus asientos.
Mientras
pasaban con la máxima discreción entre las hileras de clientes sentados,
recogiéndose las faldas con esmero, Mara reflexionó sobre el molesto rumor que
circulaba, según el cual era la nueva querida del regente.
Como
era evidente, no deseaba arriesgarse a insultar al futuro rey negando con
demasiada vehemencia dicha invención, como si la idea de que él fuera su amante
le repugnara. Por nada del mundo deseaba herir los reales sentimientos del muy
sensible Jorge. Élera tan consciente de su peso, tan compasivo, que resultaba
muy fácil hacer que se sintiera rechazado.
Gracias
a los métodos de educación de sus padres, fundamentados en las críticas
mordaces y el desprecio, Mara sabía de primera mano lo difícil que era intentar
vivir cuando los valores sobre los que se basaba la propia existencia se
cimentaban en una absoluta falta de seguridad en uno mismo. Los ataques
constantes a la dignidad y a la valía personal tendían a imbuir a una persona
de una desvalida sensación de fracaso.
Por
esa razón podía entender al pobre regente. Él jamás había tenido ni una sola
posibilidad de estar a la altura de las expectativas de su padre, el rey; mucho
menos a las de sus propios compatriotas, cuyo deseo era una combinación de Wellington con un
adonis real y en cambio tenían a un amante de las artes inseguro y rollizo, que
no había tardado en convertirse en un aprensivo y fracasado.
El
regente soportaba una presión enorme y no era la clase de hombre capaz de
sobrellevar esa cargar. Mara sabía que necesitaba amigos a su alrededor, amigos
de verdad, no aduladores hipócritas, y después de lo que había hecho por su
hijito y por ella se alegraba de poder darle su apoyo con una lealtad
inquebrantable, aunque su reputación se resintiera por ello.
¿Qué
importaba? Ya no era una niña de diecisiete años obsesionada con la opinión de
los demás, con tratar de complacer a todos.
A su
modo de ver, la forma de actuar más prudente en lo referente al asunto de
Prinny era reírse de los rumores y protestar sin demasiada insistencia… de manera
que no hiriera el ego real. A fin de cuentas, la amistad de un monarca no
estaba exenta de riesgos. Si el mismísimo Beau Brummell podía perder su favor
después de contar un chiste sarcástico, cualquiera podía. Tal vez el príncipe
regente fuera impopular en los últimos tiempos, pero en sus manos ostentaba el
poder de condenar a cualquiera a la muerte social.
Entretanto,
se aseguro a sí misma Mara, el regente no deseaba acostarse con ella. Tan solo
había dejado caer alguna indirecta, poco más que un leve y frívolo coqueteo. La
idea de que pudiese ir mínimamente en serio resultaba demasiado aterradora como
para planteársela siquiera. No, Su Alteza Real simplemente disfrutaba de su
compañía; que era más delo que ella podía decir de su difundo esposo.
Además,
las habladurías sobre su supuesta aventura con el regente obraban maravillas
para mantener a raya a todos los demás aristócratas licencioso. No se
atreverían a cazar de manera furtiva en lo que podría ser considerado coto real
privado.
Delilah
estaba en lo cierto. Las viudas que aún conservaban cierta juventud y belleza
eran a menudo las mujeres más perseguidas de la sociedad, pues a ojos de los
muchos seductores de alta cuna de Londres no eran más que presas fáciles. Hubo
una época en que había saboreado toda la atención masculina, pero eso había
sido mucho tiempo atrás. Su breve carrera como coqueta parecía haber tenido
lugar hacía una eternidad.
Sus
prioridades eran ahora muy diferentes. Ya no era una debutante joven e insegura, desesperada por encontrar un
esposo, el que fuera, a fin de escapar del hogar carente de amor de sus padres,
sino una mujer independiente que había luchado mucho por valerse por sí misma.
El nacimiento de su hijo hacía dos años lo había cambiado todo. Mara se había
hecho fuerte por el bien de Thomas.
Una
vez llegaron al pasillo que recorría la pared de la galería, Delilah y ella se
encaminaron hacia el fondo de la abarrotada sala de subastas, donde la gente se
arremolinaba, yendo y viniendo de un lado para otro en silencio. Delilah saludó
a varios conocidos en tanto que Mara contemplaba la lluvia golpeando contra las
altas ventanas de arco de la pared contraria.
La
apagada luz grisácea de finales del mes de marzo no les hacía justicia a
aquellas obras maestras que, sin la menor ceremonia, eran expuestas para su
venta. Docenas de óleos se apiñaban en la pared de la galería, junto con
acuarelas y dibujos de todas las formas y tamaños.
Imaginaba
que la mayoría de las obra de los viejos maestros habían cambiado muchas veces
de manos con el paso de los años, pero aún no habían llegado a su verdadero
hogar. Había algo conmovedor en verlas allí colgadas, como si tan solo
aguardaran a que llegara alguien que pudiera al fin ver y apreciar su sutil
belleza, no que únicamente las comprara para dar envidia a los demás o por
algún arrogante sentido de autocomplacencia.
Pensó
en su supuesto amante con una sonrisa irónica.
Lo más
probable era que el regente las hubiera comprado todas si el país no estuviera
ya indignado con sus reproches.
Su
mirada vagó de forma melancólica por la pared de la galería hasta las largas
mesas donde se exhibían estatuas, vasijas, joyas y otros objetos de arte,
aguardando su turno en pequeños atriles junto a los libros viejos y raros y a
algunos antiguos manuscritos ilustrados.
Cuando
volvió la vista al frente para mirar por dónde iba, Mara se encontró
inesperadamente con los ojos de un hombre apoyado contra la pared del fondo, a
solo unos metros de distancia.
Se
detuvo en el acto.
La
sorpresa estuvo a punto de cortarle la respiración. Lo reconoció de inmediato
pese a los años que habían pasado.
Apuesto,
impecable y ardiente, tal y como Delilah había dicho.
¿Jordan…?
¡Jordan
Lennox!
Tenía
la mirada clavada en ella, pero no sonreía.
Pero
¿cómo…? ¿Qué diantre hacía él allí?
El
dolor la dominó mientras le sostenía la mirada; una repentina sensación de
angustia que salió de la nada.
Delilah
continuó caminando, sin percatarse de que ella se había detenido.
Mara
avanzo sumida en un estado de conmoción.
Cierto
era que su mente lógica había sabido que era inevitable que se tropezara con él
tarde o temprano, pero verle allí al cabo de tantos años…
Él
entrecerró los ojos con fría curiosidad, sin dejar de observarla.
Mara
se puso tensa, a pesar de que se le había secado la boca y el corazón le latía
con fuerza.
Mientras
trataba de mantenerse a flote en un caudal de sufrimiento soterrado y de cólera
reprimida, se dio cuenta de que tendría que pasar justo al lado de él. No había
otro modo de salir de Christie’s a menos que rodeara toda la estancia. Y no
tenía la más mínima intención de darle tal satisfacción a ese desalmado
bastardo.
<< Tal vez no me dirija la palabra. A
fin de cuentas, al final signifiqué muy poco para él. Ha pasado tanto tiempo
que es probable que ni siquiera recuerde quién soy. >>
Dado
que no tenía sentido intentar fingir que no había visto a su antiguo
pretendiente, aquel al que llevada por su ingenuidad había creído su verdadero
amor, enmascaró el torbellino de emociones que la embargaba, enderezó la
espalda y avanzó alzando la barbilla con desdén.
Sin
embargo se sentía desnuda ante la fría y penetrante mirada del conde. No
parecía más complacido que la propia Mara por su encuentro.
A
medida que se aproximaba, sin apartar la mirada y negándose a mostrarse
intimidad, a diferencia de cuando se conocieron, pensó que sus gélidos ojos
azules parecían más astutos, más penetrantes de lo que recordaba.
No tan
amables.
Seguía
siendo increíblemente apuesto, con aquel rostro austero en el que se apreciaba
su sangre nórdica, las facciones bien marcadas. Pero no daba la impresión de
ser un hombre feliz.
Bien,
pensó con ferocidad. Si ella había tenido que sufrir durante los años que
habían pasado desde que se separaron, lo justo era que a él le hubiera ocurrido
lo mismo. Todo cuanto había padecido en nueve miserables años de matrimonio
podría haberse evitado si Jordan no la hubiera abandona. Si de verdad hubiera
sido distinto al resto de los jóvenes que antaño habían rivalizado por su mano.
Ah,
claro que era diferente. Los otros eran simplemente superficiales. Él era mucho
peor, en cierto modo más cruel que su violento marido.
Tom
había sido un garrote; Jordan, un escalpelo.
-Mara.-
Jordan se dignó a saludarla educadamente cuando la tuvo enfrente mientras la
multitud la empujaba más cerca de él de lo que ella tenía deseos de volver a
estar.
El
sonido de su nombre en sus labios la hizo estremecer.
<<
¡Cómo te atreves a hablarme! >>
-Lord
Falconridge- respondió con voz glacial.
Tenía
intención de continuar su camino sin tan siquiera aminorar el paso, pero él le
habló de nuevo, como si no pudiera evitarlo.
-Enhorabuena
por el Guerrit Dou- la felicito de manera cortés, con un tono ligeramente
provocador.
Mara
se detuvo, volviéndose hacia él con recelo. Jordan contempló su figura son
grosera aprobación.
-Tienes
buen aspecto.
¡Dios
bendito, aquel osado halago de lord Puritano la dejó estupefacta! De jóvenes
siempre había sido, o fingido ser, un modelo de caballerosa virtud. Tal vez
había cambiado. Quizá había renunciado por fin a comportarse como un caballero.
El mundo no necesitaba más hipócritas.
-Gracias-
respondió, concisa.
Una
vez más, tuvo intención de marcharse y de nuevo él la detuvo con otro
comentario… por lo visto muy a su pesar.
-No
sabía que coleccionabas obras de arte.
<<
Hay muchas cosas que no sabes de mí, bastardo. >>
-No lo
hago, milord. Buenos días.
-Mara…
-Lady
Pierson- le corrigió con mordaz reproche, aunque no pudo evitar volverse.
Cruzó
los brazos sobre el pecho y le sometió al mismo grosero escrutinio con el que
Jordan se había deleitado mirándola a ella.
En
nada ayudó a su tranquilidad mental que tuviera tan buen aspecto. Muy bueno. De
hecho, para su consternación, aquel canalla embustero estaba aún más apuesto
que doce años antes. ¿Cuántos debía tener ahora? ¿Treinta y cuatro?
El
tiempo había endurecido a aquel guapo y rubio joven, convirtiéndolo en un
hombre. Continuaba yendo de punta en blanco, con su cabello color arena corto y
limpio, mientras que la cuidadosa disciplina en su forma de vestir había
madurado en una elegancia natural. Pero no era de extrañar, pensó con desdén,
puesto que aquel era un hombre que pasaba el tiempo deambulando por palacios
europeos.
Apoyado
contra la pared recubierta de paneles de roble, dando cuerda como si tal cosa a
su reloj de bolsillo, el mundano diplomático vestía una chaqueta de montar de
color verde botella, cuyo cuello enmarcaba un prístino corbatín blanco. El
chaleco estaba bordado con una delicada espiguilla; los pantalones color marrón
tabaco desaparecían dentro de unas altas botas negras con vuelta de gamuza.
<<
Eso era Jordan para ti- pensó con una punzada de dolor que nunca había llegado
a desaparecer del todo-. Nada extremo. Un consumado caballero con un frío
dominio de sí mismo. Todo sutileza, precisión. Un modelo de perfección
impecable y despiadada. >>
Años
atrás, había oído a uno de sus amigos llamarle << Falcon >>,
diminutivo de su título, Falconridge, y aquel apodo le iba como anillo al dedo.
Un halcón, una criatura feroz, hermosa y solitaria que volaba fuera del alcance
de los demás, mirando al resto del mundo desde la distancia, cuyos pensamientos
más íntimos solo el viento conocía.
Siempre
le había fascinado. Incluso en esos momentos, para su más absoluta
exasperación, sentía una intensa atracción por él en las entrañas, un femenino
anhelo largamente reprimido de unirse en un solo ser con aquel hombre.
Él la
observo con la indiferencia de un halcón; tan cerca los dos y sin embargo tan
lejos. Aquella mirada penetrante le hacía pensar que él era capaz de leer sus
cavilaciones con la facilidad de un letrero callejero, pero en cambio Jordan
seguía siendo un misterio para ella, desconocido e inalcanzable.
Al
menos ahora que era viuda tenía idea de la libertad que él disfrutaba como
hombre, con el dinero y el tiempo para hacer lo que gustara, sin tener que
rendir cuentas a nadie.
Tal
vez aquella fuera una de las razones por las que se había marchado hacía años.
Por entonces había creído comprender que lo que a él le preocupaba era la
familia y los amigos, las conexiones que acompañaban a una vida llena de
comodidades; pero en cambio, para su consternación, se había convertido en un
trotamundos sin raíces.
Bueno,
aquello no tenía importancia. Su historia en común estaba tan muerta como Tom.
Mara
se advirtió a sí misma que debía marcharse. En ese mismo instante. Y sin
embargo se quedó, atrapada por su mirada.
-Con
que ha vuelto del continente, ¿eh?- preguntó de mala gana, permaneciendo
distante-. ¿O acaso simplemente se ha dignado a honrar a Inglaterra con una
visita, milord?
Jordan
se guardó el reloj; parecía divertido con la hostilidad que ella le mostraba.
-Según
lo que me han dicho, he vuelto para quedarme.
Las
noticias la sorprendieron. << Ah,
perfecto. ¿Así que ahora tendré que verte con asiduidad en sociedad? >>
Delilah
se había detenido delante, pero dio media vuelta al verse sola y se acercó a
Mara. Le sonrió al conde con admiración e interés, luego se volvió hacia su
amiga con curiosidad expectante.
-¿Te
espero?
-No es
necesario. Ya voy.- respondió, pero Jordan, maldito fuera, encandiló a su
acompañante con una de sus sonrisas más devastadoras.
-¿No
va a presentarme a su amiga, lady Pierson?- preguntó de forma pausada, con tono
sedoso.
Mara
rechinó los dientes.
-Señora
Staunton, te presento al conde de Falconridge.
-¿Señora?-
inquirió Jordan, con una chispa burlona de pesar en sus claros ojos azules
mientras tomaba la mano que su amiga le ofrecía.
-Vaya,
lord Falconridge, mi pobre esposo se ha reunido ya con el Señor- ronroneó
Delilah.
-Qué
lástima- murmuro él con una expresión cargada de intenciones pecaminosas.
Inclinó la cabeza y la besó en los nudillos-. Es un placer.
Mara
apretó los dientes con fuerza en tanto que su amiga le devoraba con la mirada.
-Me
sorprende que no nos hayamos encontrado antes, lord Falconridge.
-El conde
pasa la mayor parte de su tiempo en el extranjero- intervino Mara, estudiándole
con desaprobación-. Inglaterra es demasiado pequeña para los hombres como él.
Provinciana en exceso, me temo.
-¡Vaya!-
rió Delilah, reparando en el tono cortante de Mara-. ¿Dónde ha estado, milord?
-Si,
se lo ruego, cuéntenos dónde, Jordan. ¿En los nueve círculos del infierno, tal
vez?
-En
los nueve no, aún. Hasta el momento solo he visto unos pocos. Aquí y allá-
agregó, respondiendo a la pregunta de Delilah con una sonrisa.
Pero
lanzó a Mara una mirada sardónica ante su envenenada referencia al escandaloso
Club Infierno, del cual era miembro veterano.
Todo
Londres sabía que solo a los chicos muy malos, de buena familia y con los
bolsillos bien llenos, se les permitía la entrada en Dante House, el cuartel
general de aquella exclusiva y muy misteriosa sociedad de granujas y libertinos
de la aristocracia.
Años
atrás, Jordan le había asegurado amablemente que él era el simbólico <<
chico bueno >> del club, el único individuo responsable que se cercioraba
de que los demás llegaban a casa ilesos después de pasarse la noche bebiendo y
yendo con mujeres o realizando cualquier otra actividad descabellada a la que
sus chiflados amigos se dedicaran en plena noche.
A los
diecisiete años había sido lo bastante ingenua como para creerle. Ahora
comprendía que aquello no era más que un discurso aprendido.
No
cabía duda de que con ella había funcionado.
-Provinciana
o no- apostillo Jordan con ligereza, observando a Mara-, ahora estoy de nuevo en
Londres.
-Qué
gran fortuna para el reino entero- repuso con voz lánguida, sintiéndose
incómoda por su presencia y con aquella noticia-. Vamos, Delilah. Debo volver a
casa con Thomas. Buenos días, milord.
-Thomas,
sí, naturalmente. ¿Cómo se encuentra su encantador esposo, milady?- la desafió.
Mara
le miró, pillada por sorpresa.
-Lord
Pierson falleció hace dos años. Me estaba refiriendo a mi hijo.
-Ah.-
Jordan no parecía en absoluto sorprendido-. Lo lamento mucho- añadió inclinando
la cabeza de manera cortés y con una total falta de sinceridad.
Mara
se dio cuenta de que él estaba al tanto del fallecimiento de Pierson. Por el
motivo que fuera, tenía la impresión de que había preguntado simplemente con el
fin de descubrir su reacción.
Le
miró con recelo, dando media vuelta acto seguido… aunque, como no, Delilah se
demoró.
-Bueno,
lord Falconridge, teniendo en cuenta que acaba de regresar a la ciudad, ¿por
qué lady Falconridge y usted no asisten a la velada que celebro mañana por la
noche?
Mara
se giró de inmediato, horrorizada al escuchar aquello.
-¿Se
refiere usted a mi madre?- inquirió él con voz lánguida.
Delilah
agito las pestañas.
-Oh,
¿no está usted casado?
-Definitivamente
no, que yo sepa.
El
aire se cargó de una gran tensión tras su comentario.
Jordan
no miró a Mara, y ella no era capaz de mirarle a él.
En
aquel momento estaba paralizada por el recuerdo de la última noche que habían
pasado juntos en la fiesta campestre, cuando había puesto en peligro su
reputación y se había arriesgado a sufrir la ira de su madre para escabullirse
y reunirse con él en el jardín, tal y como Jordan le había pedido que hiciera.
Recorrió con celeridad los floridos senderos del jardín a la luz de la luna,
segura de que él pretendía pedirle matrimonio y sabiendo que su respuesta sería
sí. ¡Sí, sí!
Todas
las horas habían sido mágicas desde que le había conocido.
Pero
resultó que esa no había sido la razón de su cita, como no tardó en descubrir
cuando él le tomó las manos con delicadeza.
-Quería
verte en privado para poder decirte adiós.
La
sorpresa y la decepción casi la dejaron sin habla.
-¿A…
adiós?
-He de
irme.- Escudriñó sus ojos con gran emoción-. Esta tarde he recibido órdenes del
Ministerio de Asuntos Exteriores.
-Bueno,
¿cu-cuándo te marchas?
-De
inmediato, me temo.
Mara
luchó por asimilar el golpe.
-¿Es-estarás
fuera mucho tiempo?
-Seis
meses como mínimo. Tal vez ocho.
-¡Ocho
meses! Oh…
-Lo
lamento.
La
cabeza le daba vueltas. La idea de tener que quedarse más tiempo en casa de sus
padres la hizo estremecer, pero si había alguna esperanza de que pudieran estar
juntos al final, tenía que reconocer que el sufrimiento merecía la pena.
-¿Pu-puedo
escribirte al menos?- aventuró.
-Ah…
aún desconozco dónde voy a estar.
La
conmoción hacía que resultara difícil saber qué decir.
-Si me
comunicas tu dirección cuando la sepas, te escribiré cada día. Tú puedes
responderme cuando tengas tiempo.
-No
estoy seguro de que eso sea posible, Mara- le dijo, mirándola a los ojos con
sinceridad-. Pero lo intentaré.- Bajo la vista-. Señorita Bryce, sé que estás
impaciente por cambiar tu situación. Pero si hay algún modo de que puedas
posponer tu decisión durante un tiempo, yo regresaré dentro de unos meses. Tal
vez podamos volver a vernos, y si aún sentimos lo mismo… yo… jamás he conocido
a nadie como tú…
-¡Oh,
Jordan!
Sin
previo avisto, le rodeó con los brazos de manera temeraria y le besé en los
labios. Jordan pareció tan sorprendido por su repentina reacción como ella
misma.
Luego,
al cabo de un rato, enmarcó el rostro de Mara entre sus manos y la besó con
reverente comedimiento.
-¡Llévame
contigo!- le susurró con voz entrecortada tan pronto sus labios dejarón de
acariciar los de ella.
-No
puedo- murmuró, meneando la cabeza.
-¿Por
qué no?
-Es
demasiado peligroso, Mara.- Cerró los ojos-. El continente entero es ahora un
campo de batalla. No pienso arrastrarte a la guerra. Aquí estarás a salvo.
-¡No
te marches! ¡Me moriré si algo te sucede!
-Nada
va a sucederme. O soy más que un diplomático. He de irme, cielo. La gente
cuenta conmigo. Es lo correcto. Y, además, es mi deber- replicó, si bien en sus
ojos apareció una expresión angustiada a pesar de su convicción.
Mara
le miró con adoración. ¡Qué hermoso era! ¡Qué noble!, pensó sobrecogida
mientras le miraba. ¿Cómo alguien tan boba como ella podía haber atraído a un
héroe dorado como él?
Si se
marchaba, sin duda recuperaría la cordura en cuanto estuviesen separados. Temblando
de arriba abajo, Mara bajó la mirada al suelo durante largo rato. Rodo su ser
le decía que no le dejara marchar. Era evidente cuánto y por qué le necesitaba.
Pero una vocecilla dentro de su corazón le advirtió, sin la menos lógica, que
también Jordan la necesitaba a ella de algún modo.
El
pánico creciente hizo que se sintiera lo bastante desesperada como para
atreverse a susurrarle la pregunta más osada de su vida:
-¿No
podríamos casarnos antes de que te vayas?
Al
menos entonces tendría su propia casa y la garantía de que él acabaría
regresando a su lado.
Jordan
la miró con tierno pesar y le pasó un mechón de cabello detrás de la oreja.
-Mara,
intenta comprender. Me importas. Pero todo esto es muy repentino. Tengo…
responsabilidades. No debemos permitir que nuestras emociones nos superen. Una
persona no puede enamorarse en tres cortas semanas. Es solo la luna la que
habla.
Mara
levantó la cabeza y clavó los ojos en él. ¿De veras dudaba que ella supiera lo
que ambos sentían?
Estuvo
a punto de expresar su reserva, pero ya se sentía lo bastante abochornada por
haberse prácticamente declarado a él y haber sido rechazada.
-Por
favor. No tengo alternativa- susurró, implorante-. Hemos de comportarnos como
adultos en este asunto. Cuando regrese, si las cosas siguen igual entre
nosotros y si tú lo deseas, entonces podemos… Oh, no me mires así, cielo.
¡Habré vuelto antes de que te des cuenta! No te olvidarás de mí, ¿verdad?
-Oh,
Jordan, jamás podría olvidarte.
-Entonces
debes ser fuerte.
-Y tú
debes cuidarte- respondió, con los ojos empañados de lágrimas.
Jordan
se estremeció, la atrajo hacía él y la besó en la frente.
-No te
preocupes por mí. Pórtate como una buena chica y te veré pronto.
La
besó en las manos; luego la soltó, mirándola con veneración a los ojos mientras
retrocedía, haciéndole una reverencia al llegar al extremo de la arbolea.
Mara
ahogó un sollozo cuando él dio media vuelta y se adentró en las sombras.
Aquella
había sido la última vez que le había visto hasta ese preciso día. No era de
extrañar que apenas pudiera respirar.
Pero
Delilah no estaba al tanto de su doloroso pasado, por lo que continuó
parloteando.
-¡Debe
venir y permitirnos que le entretengamos, milord!- Su amiga se estaba acercando
poco a poco a él; parecía muy complacida al descubrir que estaba soltero-. Soy
célebre por la excelencia de mi mesa… ¡y lady Pierson estará allí! Entiendo que
los dos se conocen. Querrá tener la posibilidad de ponerse al día, sin duda. Y
dado que ha estado ausente, estaremos encantadas de presentarle de nuevo a
todos. Solo los mejores asisten a mis veladas- agregó con orgullo.
El
corazón de Mara latía con fuerza. Miró fijamente a su amiga, disimulando con
discreción su ira, pero Delilah no le prestó la más mínima atención,
dedicándose en cambio a desplegar todo su encanto.
-Es
muy generoso por su parte, señora Staunton- respondió Jordan.
-No,
no, llámeme Delilah- dijo con desdén-. ¿Y bien? ¿Le gustaría venir, milord?-
preguntó con un tono de voz decididamente pícaro.
El
apuesto sinvergüenza parecía encantado con su traviesa insinuación, pero antes
de que pudiera responder, Mara habló con los dientes apretados:
-No
creo que sea buena idea.
Rogó
con desesperación que Delilah se percatara de su mirada admonitoria, pero la
alegre viuda no podía apartar los ojos del mundano conde.
-Será
un honor- respondió él de manera melosa.
-¡Excelente!
Mi casa está en el 16 de Chesterfield, frente a Curzon Street.
-Ah, un
lugar bonito y próximo a Hyde Park- repuso con voz seductora, prácticamente
acariciando a su amiga con la mirada.
Si
Jordan se estaba comiendo con los ojos a Delilah con el único propósito de
irritarla, por Dios que aquel truco pueril estaba funcionando.
¡Qué
impropio del Jordan Lennox que recordaba!
-Venga
a las siete y media. Cenaremos a las ocho- le indicó Delilah.
Él
asintió de manera educada.
-Lo
estoy deseando. Gracias por su amable invitación, madame. Señoras.- Provocó a
Mara con una pícara mirada de soslayo, luego hizo una reverencia-. Tengan la
bondad de disculparme, están a punto de presentar mi artículo. Deséenme suerte.
Acto
seguido, Jordan regresó tranquilamente a la abarrotada sala de subastas
principal, dejando a ambas mujeres contemplando boquiabiertas sus anchos
hombros y su musculoso trasero.
Mara
se volvió hacia Delilah con expresión severa una vez que él hubo desaparecido
entre el gentío.
-No
deberías haberlo hecho.
-¿Por
qué no?- Delilah esbozó una sonrisa radiante y aplaudió de jubilo con sus manos
enguantadas-. ¡Oh, Mara, es perfecto para ti! ¡Qué espécimen tan apetitoso!
Justo la clase de amante con la que deberías empezar..
-¡Ah,
Dios mío, no sigas o acabaré por enfermar!- Dio media vuelta y se dispuso a
marchar de inmediato hacia el mostrador de cobro con el fin de pagar el Guerrit
Dou.
-¿Qué
sucede?- inquirió Delilah, apresurándose tras ella.
-¡Desprecio
a ese hombre!
-No
seas ridícula.
-¡Es
cierto! Le odio… y él me odia a mí… nos odiamos… ¿acaso no te has percatado?-
preguntó, frenética.
-Claro.-
Delilah cruzó los brazos a la altura del pecho-. Eso explica por qué no os habéis
quitado los ojos de encima el uno al otro.
-¡Sandeces!
¡Era a ti a quien no dejaba de mirar!
Su
amiga enarcó una ceja.
Mara
fulminó con la mirada a su insufrible amiga, pero el corazón le latía de forma
acelerada cuando se unió a la corta fila para pagar su cuadro.
-Bueno-
anunció con aire informal, despojándose de los guantes-, ahora es imposible que
asista a tu fiesta.
-Por
supuesto que puedes asistir.
-No.
Solo con verlo perderé el apetito- declaró, estremeciéndose.
-Yo
no.- Delilah miró con admiración hacia donde se había dirigido el conde-. Es un
plato fuerte consistente, si sabes a lo que me refiero. Un buen bistec inglés.
Después de ablandarlo un poco, yo lo incluiría en mi menú todas las noches.
Mara
puso los ojos en blanco ante la habitual conducta irreverente de su amiga.
-¿Vas
a flirtear con él mañana por la noche delante de Cole?
-Tal
vez. ¿Qué más da si lo hago si tú no puedes soportarle? En cualquier caso, Cole
y yo no pretendemos mantener una relación en exclusiva.
-Ah, ¿de
veras? ¿Lo sabe Cole? En caso de que no lo hayas notado, el pobre hombre está
enamorado de ti.
Delilah
se encogió de hombros con estudiada indiferencia.
-Eso
es problema suyo, no mío. Así pues, ¿a qué se debe esa aversión por lord
Falconridge? A mí me parece absolutamente encantador.
Mara
sacudió la cabeza y aparto la mirada. Aunque estaba furiosa, finalmente accedió
a responder.
-Tuvimos
una discusión hace mucho tiempo.
-¿Acerca
de qué?
-¡No
tiene importancia!
-Bueno,
si fue hace mucho, tal vez sea hora de olvidar el pasado, ¿no te parece?
Mara
miró a su amiga con expresión glacial.
-No,
no lo es. Y no deseo hablar de ello- agregó antes de que Delilah pudiera
preguntarle al respecto.
Su
amiga frunció el ceño.
-De
acuerdo. ¡Al menos dime qué ha estado haciendo fuera del país!
-No lo
sé. Algo relacionado con la guerra- farfulló Mara, avanzando cuando otro
caballero concluyó su transacción con el cobrador-. Ahora que ha terminado,
parece que el muy desgraciado ha vuelto.
-¿Es
un oficial? A mí me ha parecido bastante peligroso.- Delilah le propinó un
codazo-. ¿Alguna vez te enseño su sable?
-¿Quieres
comportarte? Está en alguna rama del servicio diplomático. El ministerio de
Exteriores os algo parecido.
-¡Qué
fascinante! ¿Dónde estaba destinado?
-¡Lo
desconozco, y si lo supiera, ni siquiera me importaría!- declaró con excesiva
rotundidad.
Delilah
la fulmino con la mirada.
-Muy
bien. Iré a decirle al muchacho que vaya a buscar nuestros carruajes.
-Hazlo,
te lo ruego.
-¡Qué
quisquillosa!- masculló Delilah, pero se recogió la falda un poco y se marchó
con celeridad a pedir que les trajeran su medio de transporte.
Al llegar
al principio de la puerta, Mara apartó a Jordan Lennox de su cabeza con un
resoplido de enojo; pero cuando metió la mano en su bolso y rellenó un cheque
para pagar el cuadro, las manos le temblaban aún por su breve encuentro.
Después
de efectuado el pago, fijo el día la
hora para la entrega del Gerrit Dou en su casa. Iba a regalárselo a su amigo el
regente en persona cuando regresara de Brighton. Hechos los arreglos
pertinentes, se colgó el bolso de la muñeca y se dirigió a al entrada, donde
aguardaba Delilah.
Se
percató de que había sido demasiado vehemente con su amiga, por lo que se
aproximo a ella con actitud humilde.
-Siento
haber sido tan cortante contigo, cielo. Lo que pasa es que ver a esa… a esa
persona de nuevo ha sido… un tanto perturbador.
Delilah
la miró.
-¿Significó
mucho para ti?
-En
otro tiempo, sí. Hasta que me di cuenta de que no era más que un fraude. Demasiado
bueno para ser verdad- repuso Mara con un suspiro.
-Tal
vez haya cambiado desde la última vez que lo viste.
-ah,
estoy segura de que ambos lo hemos hecho. A peor.- Dirigiendo la mirada hacia
Pall Mal mientras esperaba a que su cochero llegara con el vehículo, Mara meneó
la cabeza-. No sé. Una vez imaginé que él y yo compartíamos algo… hermoso,
dulce e inocente… pero era evidente que todo fue un sueño pueril. Se machó sin
tan siquiera mirar atrás, y por eso due que acabé con Pierson.
Delilah
abrió los ojos como paltos.
-¿Pierson
fue tu segunda elección desde el principio?- susurró.
Mara
asintió de manera irónica.
-Y en
cuanto se dio cuenta, jamás me lo perdono.
Su
amiga la estudió frunciendo el ceño mientras pensaba.
-¿Qué sucede?-
pregunto Mara.
-Mara,
Pierson ya no está. Eres libre para hacer lo que te plazca. Tal vez el destino
os ha dado otra oportunidad a lord Falconridge y a ti…
-No.
Ya tuvo su oportunidad- la interrumpió-. No consentiré que vuelva a hacerme
daño. Eso te lo prometo.
-Sea
como fuere, es la reacción más intensa que te he visto experimentar hacia un
hombre… en toda mi vida.
-Eso
es porque le desprecio, tal como he dicho.
-Ya sabes
lo que se dice, querida. Del odio al amor hay solo un paso.
Mara soltó un bufido.
-En
este caso, no.
-Muy
bien, pues. Quizá simplemente te estés reservando… para Jorge.
Mara
la fulminó con la mirada, haciendo reír a Delilah.
-aquí
está mi carruaje. Au revoir, querida.- Le dio un beso en la mejilla a
Mara, luego hizo una señal a uno de los lacayos de Christie’s apostado junto a
la puerta; este la abrió para que pudiese salir a la bulliciosa y ventosa
avenida-. ¡Acuérdate, mañana por la noche a las siete en puto!- le dijo
Delilah-. Ven temprano para que podamos reírnos de todos antes de que lleguen.
-Ya te
lo he dicho, no pienso asistir.
-¡Desde
luego que sí!
-No,
ni hablar. No si él va a estar allí.
-¡Muy
bien! Ya que es evidente que no sientes el más mínimo interés por un hombre tan
guapo, me aseguraré de entretenerle personalmente.
Tras
lanzarle una mirada mordaz por encima del hombro, Delilah salvó la distancia
que la separaba de su carruaje, donde su criado la ayudó a subir.
Antes
de que el vehículo se alejara, miro por la ventanilla con una sonrisa cómplice
y se despidió con la mano.
Mara
se quedo en el pavimento, echando chispas. << Sé lo que intenta hacer,
pero no va a funcionar. >>
Por lo
que a ella concernía, Delilah podía quedarse con aquel canalla.
Al
cabo de un instante, su leal cochero, Jack, detuvo su carruaje ante la entrada.
Un criado le abrió la portezuela de inmediato y desplego la escalerilla para su
señora. Mara se montó en el vehículo, asegurándose a sí misma una vez más que
le importaba un comino que Delilah sedujera a Jordan, o al revés. Le traía sin
cuidado.
Lo único
que le importaba era regresar a su casa, junto a Thomas. Su orgullo y su
felicidad, la razón de su vida.
Toda la capacidad de amar que poseía estaba
reservada única y exclusivamente para su hijo. Su pequeño se merecía todo lo
que ella tenía para dar. Además, una criatura tan pura e inocente, tan llena de amor jamás la
traicionaría, nunca le haría sufrir como habían hecho todos los demás. Aunque por
algún capricho del destino Jordan estuviera de nuevo interesado en ella, carecía
de importancia. Ya había tomado una decisión.
Ahora
era la madre de Thomas y eso era cuanto deseaba ser.


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