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lunes, 13 de agosto de 2012

Extraños Arrebatos De Amor Y Ira

Extraños Arrebatos De Amor Y Ira

Un drama terrible pero cautivador, narrado con simpleza y naturalidad. Como ya es bien sabido, Anita Shreve es maestra a la hora de contar historias de vida cotidiana que entrañan más riesgo, horror y dolor que todos los relatos de aventura, ciencia-ficción y terror juntos. Historias que vemos todos los días en el telediario, y que nos terminan pareciendo normales, pero que bien analizadas, no lo son en absoluto. No en vano la autora fue antes periodista. Y en este libro nos sumerge en el terrible mundo de los malos tratos.



El Peso Del Agua

El Peso Del Agua

«Y yo me pregunto, si empujas a una mujer hasta el límite, ¿cómo reaccionará?» Esta pregunta la hace Jean, una fotógrafa que vive en Boston, cuando llega a la remota isla de Smuttynose. Allí debe realizar un reportaje fotográfico sobre unos crímenes pasionales que tuvieron lugar en el siglo XIX, y en los que fueron brutalmente asesinadas dos mujeres.
La protagonista se obsesiona con esa horrible historia cuando lee el diario de la única superviviente de la tragedia, y a medida que profundiza en los detalles de aquellas escabrosas muertes, se sumerge en una crisis emocional muy parecida a la que vivió aquella mujer un siglo antes. Como ocurriera entonces, los celos y la tensión la empujarán a actuar de un modo imprevisible y a tomar decisiones de terribles e insospechadas consecuencias.
El peso del agua es un relato emocionante y conmovedor en el que pasado y presente se entrelazan. Anita Shreve (autora de La mujer del piloto y Olympia) nos adentra en una inolvidable travesía que nos llevará hasta los límites de los sentimientos.



domingo, 12 de agosto de 2012

Body Surf

Body Surf

Sydney ya se ha divorciado una vez y es además viuda a la temprana edad de 29 años. Para rehacer su vida decide dar clases particulares durante un verano a la hija adolescente de la familia Edwards, en la casa veraniega de éstos frente a las costas de New Hampshire. Pero su tranquila, aunque a veces compleja, estancia con la familia, se ve interrumpida por la visita de Ben y Jeff, los dos hijos mayores de los Edwards. Lo que prometía ser un verano tranquilo se convierte en una encrucijada llena de desengaños, traiciones, amor y cómo no, mucho bodysurf.



sábado, 21 de mayo de 2011

Olympia

Olympia


Aquel verano de 1899,Olimpia Biddeford se sentía preparada por primera vez para participar en las veladas literarias que su padre,un editor de prestigio, organizaba en Fortune’s Rocks, su maravillosa casa en New Hampshire.En las tertulias acompañadas de exquisitas cenas y sofisticados temas de conversación, Olimpia se instruía sobre lo humano y lo divino. Nada le resultaría extraño, ni las materias sobre el liberalismo norteamericano o la reforma social cristiana, ni la literaria más compleja o la poesía más delicada. Pero su juventud inexperta estaba a punto de abrirse a experiencias sensoriales alejadas del dominio de la razón. Todo comenzó cuando su admirado ensayista John Haskell, acompañado por su hermosa esposa Catherine, acudió a una de las elitistas veladas de su padre. Rodeados de un ambiente acogedor y unidos por la pasión hacia la literatura, Olimpia y John se enamoraron, en un amor tan corto como rotundo que preparaba su pócima amarga, siempre lista para ser degustada, pesarosamente, en el futuro.Y con todas las mezquindades de un romance corto y las veleidades de un largo olvido, Olimpia sería expulsada del paraíso. Para comprobar, una y mil veces, las maldiciones del eterno femenino: Olympia, tan educada y refinada, pero esclava al fin y al cabo de su epoca; Olimpia y su obligada renuncia al amor prohibido; Olimpia y su entrega al sacrificio y Olimpia…. nunca, jamás, sin su hijo.

-No se preocupe por  mí.  Siga bañando a la  niña  —dice él  mientras  se pellizca el  puente de la nariz entre el  índice y el  pulgar. Se apoya contra la  mesa de madera de pino y cruza los brazos. Parece cansado.

Protegiendo los ojos de la niña con una mano, Olympia vierte una jarra de agua  sobre  su  cabeza  plateada.  La  niña  se  queja  amargamente.  Olympia observa las costillas del desafortunado navio a través de una de las ventanas. La escena le hace pensar en el esqueleto de una ballena varada. La caseta de salvamento, que hace unas horas era el centro de una actividad frenética, se alza silenciosa junto a la orilla. Iluminada por el sol, incluso parece hermosa. Es una sólida estructura con multitud de ventanas y una gran torre con una azotea de vigilancia. Los aleros del  afilado tejado rojo están decorados con bellos  relieves.  Alrededor  de  la  caseta,  la  naturaleza  luce  espléndida  e indiferente a la tragedia.
-Hemos hecho todo lo que hemos podido -dice Haskell. -Sí, así es —dice Olympia. -Sesenta  y  cinco  almas  a  salvo y  tan  sólo  un  muerto  en  el  equipo  de 
salvamento. Eso es un poco menos del cincuenta por ciento del pasaje y unas bajas de tan sólo el  ocho por ciento entre el  equipo de salvamento —añade después de una breve pausa.


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